Las condiciones de las mujeres en el mundo islámico es causa de gran debate. Y las reivindicaciones de género, una de las luchas más necesarias. Para larga y compleja discusión queda lo de Irán y las mujeres; y en buenahora la expansión de mercados por parte de nuestro país. Pero Jorge Ortiz, ¿un defensor de los derechos de las mujeres? La viceral y pobre-de-argumentos crítica periodística nacional (cuyo ícono es este "imparcial" exponente), definitivamente puede echar mano de cualquier cosa.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Jorge Ortiz, ¿defensor de los derechos de las mujeres?
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martes, 9 de diciembre de 2008
Releyendo a Keynes...

A pesar de mantenerme firme en creer que el sistema de evaluación educativo es una clara muestra de represión foucaultiana, le he encontrado el encanto a esto de revisar más de una docena de temas para aquel instrumento de la microfísica del poder llamado "exámenes de grado."
Saltando de la teoría de las relaciones internacionales, a la crítica al choque civilizatorio de Huntington, le he encontrado especial encanto a releer a Keynes, encontrar a Paul Davidson y volver a analizar el debate de la Nueva Arquitectura Financiera esta vez no desde la política, sino desde la academia.
Las conversaciones con Pedro Páez, con Eric Toussaint y con el buen amigo Andrés Arauz, constantemente ocupan los espacios que la Teoría sobre la Compensación Monetaria Internacional deja para ser llenados de experiencia empírica y proyecciones de política.
Un par de años más tarde, lo complicado y tedioso de leer la brillante "Teoría General" de Keynes toma un nuevo matiz a la luz de las propuestas y los debates en torno a una Nueva Arquitectura Financiera regional, a la iniciativas para el país que ahora se discuten en la Ley de Seguridad Financiera, al Banco del Sur, etc. Como diría Davidson: Keynes va más allá del "Efecto Multiplicador" que ni si quiera era su aporte sino de un alumno suyo. Releyendo a Keynes y llenado la teoría con las conversaciones con Pedro, Eric, Andrés; la dura crisis financiera que enfrenta el mundo se acerca más a ser el incio de una nueva oportunidad.
jueves, 6 de noviembre de 2008
¿Se puede regatear con los agricultores? NO

Al ir de compras a un mercado tipo Ipiales o los San Andresitos bogotanos son casi un llamado al regateo. Los precios de los productos están claramente inflados (lo hacen casi a sabiendas de que terminarán vendiendo a un precio menor) y el que no regatea es un iluso. Pero hay cosas con las que no se puede regatear: por ejemplo, un gobierno no puede regatear con el sector agrícola por un tema de desarrollo democrático y soberanía alimentaria.
Resulta que hace varias semanas en un país no muy lejano llamado Ecuador, varios gremios de industriales balanceadores entre ellos PRONACA y AFABA; y aceiteras como la gran ALES decidieron dejar de comprar la cosecha de soya a varios productores locales. La soya es un insumo fundamental para la fabricación de balanceados y aceite de cocina. Al ser consultados al respecto representantes de PRONACA manifiestan que solo receptan la gramínea a través de los gremios Asociación de Productores de Ciclo Corto - APROCICO, Asociación de Productores Agropecuarios de Ventanas -APAV y Asociación de Productores Arroceros de los Ríos - APAR. Bueno, en realidad los términos de la respuesta son: "Hay que hablar con Guido Silva primero." Guido Silva es, además de Presidente de APAR, Concejal de Babahoyo por la Sociedad Patriótica.
Esta arbitraria decisión de los industriales viola el Acuerdo Ministerial No. 146 del MAGAP, que el 4 de septiembre de 2008 ratifica el compromiso de ellos de una absorción total de la cosecha nacional de soya (aproximadamente 70.0000 toneladas). ¿Entonces, cómo es que los industriales ponen restricciones a la compra de soya? Porque el mismo gobierno les abrió la puerta para que lo hagan.
Un mes después de firmado el Acuerdo Ministerial anteriormente citado, los representantes del gobierno inventaron un figura "revolucionaria" (revolucionaria en tanto que viola la resolución 435 del COMEXI que dispone una plena absorción - plena - de cosecha nacional antes de proceder a importar el déficit de insumos agrícolas): la absorción parcial de cosecha de soya. Esta nueva y "revolucionaria" figura habla de la absorción de 35 mil toneladas por parte de la industria, permitir la exportación de 20 mil toneladas a Colombia y las 15 mil restantes las adquiriría el Estado para su almacenamiento en la UNA.
Entonces, industrias como PRONACA han decidido que solo receptarán la soya de los gremios APROCICO, APAV y APAR. Ahora, dónde se complica la cosa: alrededor del 95% del universo de productores de soya nacional no están agremiados y menos aún participan de APROCICO, APAV y APAR. Los tres gremios aludidos representan no más del 5% de la totalidad de la cosecha de soya, es decir, unas 3.500 toneladas. Las restantes 66.500 toneladas, están siendo forzadas a entregarse a alguno de los tres gremios y pagar 10 centavos por quintal de soya comprada (la polémica colaboración voluntaria que consta en el vogente Acuerdo Ministerial No. 125 de 2005). Y si no quieren hacerlo, pues fácilmente pueden importar torta de soya y fin de la historia ante una escena de descomprometimiento de la industria con el desarrollo del país. La práctica es repudiable y lamentable, sobre todo considerando que el gobierno ha optado por aliarse con PRONACA para el programa Socio Solidario que busca atacar el tema del alza de precios de la canasta básica.
Se ha regateado con los soyeros. Y cuando una crisis alimentaria mundial asecha y el gobierno habla de redistribución de la riqueza y un nuevo socialismo, con los pequeños y medianos agricultores no se debe regatear. Los afectados directos hablan de movilización. Tienen casi la obligación.
martes, 4 de noviembre de 2008
En Bogotá, todos los caminos llevan al Cartucho
Antes de salir de Quito, Henrry (un querido amigo y colega de oficina) me preguntó: ¿Y harán "turismo de riesgo" en Bogotá? Se refería a mi viaje que, junto a a un amigo del colegio y la universidad (Javier), haría a Bogotá con la excusa de tomar unos días libres de la rutina laboral e ir al Rock al Parque. Por turismo de riesgo Henrry se refería a ver la otra cara de Bogotá, distinta a la clásica subida a Monserrate, la 93 (el distrito de la rumba) o incluso la alternativa y guapa Candelaria. La otra cara de Bogotá son las áreas repletas de indigentes, de venta de drogas y donde el atraco se siente a cada paso. Pues sí, traríamos de ver el Bronx y la Ciudad Bolívar.
El Bronx está a pocas cuadras del centro de la ciudad, a pocas cuadras de lugares como la Casa de Nariño, la plaza Simón Bolívar y la misma Candelaria (la vieja, porque la nueva queda en las mismísima Ciudad Bolívar). Caminando del centro de la ciudad en dirección occidente, aquellos turistas que quieren incursionar en el "alto riesgo," se encontrarán brevemente con el Parque Tercer Milenio, que otrora sería al Barrio del Cartucho. El Cartucho, antes de ser demolido (literal y figurativamente) por la regeneración urbana y limpieza social era posiblemente el barrio más denso de Bogotá: invadido por los vendedores de todo tipo de drogas, delincuentes e indigentes.
Al demolido Cartucho le ha tomado la posta su vecino el Bronx, donde está la famosa "L." Hay que atravesar el Parque Tercer Milenio para llegar allá. Nosotros decidimos no hacerlo y preferimos rodearlo e ir por el lado de San Victorino donde las ventas y la circulación de gente abundan, razón por la cual es posible que te "metan la mano al bolsillo" pero menos probable que te aborden con un "chuzo" (cuchillo) como en el parque.
Tras el Tercer Milenio se encuentra uno con la catedral del Voto Nacional en cuyo frente hay una plazoleta llena de indigentes y vendedores de cachibaches y artículos robados. "¿Tienen I-pods?" preguntamos por curiosidad a uno de los cachineros. "Esos llegan por la tarde" nos respondió -por si a alguien le interesa saber-.
Al lado izquierdo del templo católico, se encuentra la entrada al Bronx, semi-bloqueada por unas vallas que seguramente provee la misma policía local. Curiosamente el Bronx queda justo dentrás de una base militar pero adentro de esas pocas cuadras no hay orden ni ley.
Nos acercamos a dos militares que resguardaban la base para hacerles algunas preguntas y adoptar una primera posición para mirar hacia aquellas pocas cuadras que algunos bogotanos nos comentaron es el "infierno." Ante nuestra pregunta de si se puede entrar sin ningún problema, uno de los uniformados respondió: "Se puede entrar pero el problema es salir. Cuando no lo conocen se lo pegan enseguida. Y cuando uno sale es cuando lo atracan." Mientras hablaba con nosotros, su compañero espantaba con su arma, a un gamín que se nos había acercado.
Desde nuestra "segura posición" miramos con respeto, curiosidad y recelo hacia aquellas pocas cuadras. Decidimos caminar por sus calles aledañas y apresurar el paso ya que con nuestras preguntas habíamos seguramente despertado algunas miradas sospechosas. A nuestro paso continuábamos hablando con la gente quienes continuaban diciendo cosas como " se puede entrar, pero el problema es salir," "los vendedores de drogas cuidan que quienes ingresan no sean atracados, pero aquella protección dura hasta cuando uno ya compró y sale," " si a uno ya lo conocen no hay problema," etc. El punto es que al nuevo Cartucho entra quien quiere, pero hay que saber salir.
Al día siguiente, luego de un día de compras en la zona norte de la ciudad, tomamos un bus de vuelta para el centro ya en horas de la noche. Nuestra intención era llegar hasta la avenida Jiménez que sube hasta la zona de la Candelaria, en dónde nos hospedábamos. Claro, no tan abajo para no castigar a los pies. Pero además, más abajo por la zona de la Jiménez está San Victorino, Parque Tercer Milenio y más al occidente, el Bronx.
Enganchados en algún comentario se nos pasó la Jiménez y rápidamente nos bajamos del bus para encontrarnos en el frente del parque del ex-Cartucho. El castigo a los pies fue inevitable, ya que de ahí a la Candelaria hay varias cuadras. Pero la caminata además implicó un constante gambeteo a los indigentes que se acercaban. La gente de Bogotá dice que lo peor que te puede pasar es que se te acerque un indigente a robar. Según ellos, por su estado mental, si te quieren robar, hasta por 50 pesos te pueden meter el "chuzo." No nos encontramos, o tal vez, nos escapamos de un cuadro como ese, pero si que vimos de cerca la muestra viva de un país que tal vez crece, pero con unos niveles absurdos de desplazamientos por la violencia, de exclusión y de concentración de la riqueza.
Dos días después volvíamos de la zona del Salitre hacia la Candelaria. Eran como las seis de la tarde. Fue el día que nos dimos cuenta que hay ahora, no una sino dos Candelarias. Tomamos un bus que nos llevaba supuestamente el barrio de nuestra hostal, pero bajamos pasado la Candelaria Sur en San Francisco. El lugar era parecido a la Villaflora o Chillogallo, barrios de clase media y media baja en Quito. Cuando nos indicaron que para ir al centro había que tomar el alimentador del Transmilenio, llegar a la parada final y de ahí tomar para el centro, nos dimos cuenta que habíamos llegado muy al sur de la ciudad. Ya en la Candelaria Centro, el administrador de la hostal nos indicaría que el lugar donde habíamos estado era Ciudad Bolívar, aquel destino que no habíamos recorrido en días anteriores por cuestiones de tiempo. En nuestra breve caminata por Ciudad Bolívar no nos sentimos inseguros, pero se sabe que el lugar es víctima de las pandillas y ocupado en buena parte por fuerzas paramilitares que protagonizan cuadros de reclutamiento forzoso.
Trasmilenio nos llevó en dirección norte hasta la Jiménez pasando por frente al Bronx y al Parque Tercer Milenio. La sensación era como de una atracción al lugar. Mientras miraba las decenas de indigentes que deambulaban el lugar, Javier me dijo: "Parece que todos los caminos llevan al Cartucho." Y sí, se sentía el llamado de aquellas pocas cuadras que algunos bogotanos llaman infierno y que ya tres veces habíamos visto de cerca pero todavía no desde su mismo interior. Esa era la sensación, la de entrar... pero habrá que aprender a salir.
El Bronx está a pocas cuadras del centro de la ciudad, a pocas cuadras de lugares como la Casa de Nariño, la plaza Simón Bolívar y la misma Candelaria (la vieja, porque la nueva queda en las mismísima Ciudad Bolívar). Caminando del centro de la ciudad en dirección occidente, aquellos turistas que quieren incursionar en el "alto riesgo," se encontrarán brevemente con el Parque Tercer Milenio, que otrora sería al Barrio del Cartucho. El Cartucho, antes de ser demolido (literal y figurativamente) por la regeneración urbana y limpieza social era posiblemente el barrio más denso de Bogotá: invadido por los vendedores de todo tipo de drogas, delincuentes e indigentes.
Al demolido Cartucho le ha tomado la posta su vecino el Bronx, donde está la famosa "L." Hay que atravesar el Parque Tercer Milenio para llegar allá. Nosotros decidimos no hacerlo y preferimos rodearlo e ir por el lado de San Victorino donde las ventas y la circulación de gente abundan, razón por la cual es posible que te "metan la mano al bolsillo" pero menos probable que te aborden con un "chuzo" (cuchillo) como en el parque.
Tras el Tercer Milenio se encuentra uno con la catedral del Voto Nacional en cuyo frente hay una plazoleta llena de indigentes y vendedores de cachibaches y artículos robados. "¿Tienen I-pods?" preguntamos por curiosidad a uno de los cachineros. "Esos llegan por la tarde" nos respondió -por si a alguien le interesa saber-.
Al lado izquierdo del templo católico, se encuentra la entrada al Bronx, semi-bloqueada por unas vallas que seguramente provee la misma policía local. Curiosamente el Bronx queda justo dentrás de una base militar pero adentro de esas pocas cuadras no hay orden ni ley.
Nos acercamos a dos militares que resguardaban la base para hacerles algunas preguntas y adoptar una primera posición para mirar hacia aquellas pocas cuadras que algunos bogotanos nos comentaron es el "infierno." Ante nuestra pregunta de si se puede entrar sin ningún problema, uno de los uniformados respondió: "Se puede entrar pero el problema es salir. Cuando no lo conocen se lo pegan enseguida. Y cuando uno sale es cuando lo atracan." Mientras hablaba con nosotros, su compañero espantaba con su arma, a un gamín que se nos había acercado.
Desde nuestra "segura posición" miramos con respeto, curiosidad y recelo hacia aquellas pocas cuadras. Decidimos caminar por sus calles aledañas y apresurar el paso ya que con nuestras preguntas habíamos seguramente despertado algunas miradas sospechosas. A nuestro paso continuábamos hablando con la gente quienes continuaban diciendo cosas como " se puede entrar, pero el problema es salir," "los vendedores de drogas cuidan que quienes ingresan no sean atracados, pero aquella protección dura hasta cuando uno ya compró y sale," " si a uno ya lo conocen no hay problema," etc. El punto es que al nuevo Cartucho entra quien quiere, pero hay que saber salir.
Al día siguiente, luego de un día de compras en la zona norte de la ciudad, tomamos un bus de vuelta para el centro ya en horas de la noche. Nuestra intención era llegar hasta la avenida Jiménez que sube hasta la zona de la Candelaria, en dónde nos hospedábamos. Claro, no tan abajo para no castigar a los pies. Pero además, más abajo por la zona de la Jiménez está San Victorino, Parque Tercer Milenio y más al occidente, el Bronx.
Enganchados en algún comentario se nos pasó la Jiménez y rápidamente nos bajamos del bus para encontrarnos en el frente del parque del ex-Cartucho. El castigo a los pies fue inevitable, ya que de ahí a la Candelaria hay varias cuadras. Pero la caminata además implicó un constante gambeteo a los indigentes que se acercaban. La gente de Bogotá dice que lo peor que te puede pasar es que se te acerque un indigente a robar. Según ellos, por su estado mental, si te quieren robar, hasta por 50 pesos te pueden meter el "chuzo." No nos encontramos, o tal vez, nos escapamos de un cuadro como ese, pero si que vimos de cerca la muestra viva de un país que tal vez crece, pero con unos niveles absurdos de desplazamientos por la violencia, de exclusión y de concentración de la riqueza.
Dos días después volvíamos de la zona del Salitre hacia la Candelaria. Eran como las seis de la tarde. Fue el día que nos dimos cuenta que hay ahora, no una sino dos Candelarias. Tomamos un bus que nos llevaba supuestamente el barrio de nuestra hostal, pero bajamos pasado la Candelaria Sur en San Francisco. El lugar era parecido a la Villaflora o Chillogallo, barrios de clase media y media baja en Quito. Cuando nos indicaron que para ir al centro había que tomar el alimentador del Transmilenio, llegar a la parada final y de ahí tomar para el centro, nos dimos cuenta que habíamos llegado muy al sur de la ciudad. Ya en la Candelaria Centro, el administrador de la hostal nos indicaría que el lugar donde habíamos estado era Ciudad Bolívar, aquel destino que no habíamos recorrido en días anteriores por cuestiones de tiempo. En nuestra breve caminata por Ciudad Bolívar no nos sentimos inseguros, pero se sabe que el lugar es víctima de las pandillas y ocupado en buena parte por fuerzas paramilitares que protagonizan cuadros de reclutamiento forzoso.
Trasmilenio nos llevó en dirección norte hasta la Jiménez pasando por frente al Bronx y al Parque Tercer Milenio. La sensación era como de una atracción al lugar. Mientras miraba las decenas de indigentes que deambulaban el lugar, Javier me dijo: "Parece que todos los caminos llevan al Cartucho." Y sí, se sentía el llamado de aquellas pocas cuadras que algunos bogotanos llaman infierno y que ya tres veces habíamos visto de cerca pero todavía no desde su mismo interior. Esa era la sensación, la de entrar... pero habrá que aprender a salir.
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